Aproximación a Medialab-Prado: Ricardo Antón
Aproximación desaproximada a Medialab-Prado
Nunca conocí-experimenté el proyecto cuando estaba en Conde Duque. Siempre he sido un usuario superficial, un fan desde la distancia, un visitante ocasional, un receptor de boletines on-line. Tengo una imagen probablemente idealizada. Los temas molan. Siempre me han permitido quedarme cómodamente “fuera”, gracias a mi coraza atecnológica. Pero te rondan la cabeza y van reapareciendo, para a veces convertirse en claves para tu trabajo y para tu vida, como me ha pasado con el procomún. Un espacio pequeñito y soterrado, muy polivalente, la Cara B del gran Paseo de los Museos, que te lo encuentras inesperado si eres una persona curiosa y que te acoge. Porque lo que siempre me ha parecido fascinante es lo bien que te acogen las personas que se dedican a la mediación, cómo dejan de hacer lo que anden haciendo para conectarte con lo que esté pasando, cómo te lo explican todo para que te interese (para mí, que soy un pésimo espectador, es algo que nunca agradeceré lo suficiente… por ejemplo, me habría quedado sin conocer el ordenador de frutas). Sobre el espacio, aunque pueda parecer irrelevante, no me quiero olvidar de esos armarios con puerta de rejilla, de las mesas abatibles y la mesa corrida, de la funcionalidad austera general (algo que se echa tanto de menos, al menos yo que soy de Bilbao y sufro sus excesos). Luego la gente que se junta, una especie de marcian*s militantes heterogene*s, específicos (probablemente y por qué no) pero inclusiv*s, con los que te apetece compartir proyectos, intercambiar ideas, experiencias.... Y otra cosa que me atrae es que nunca he sabido muy bien quién “manda”, quién “dirige”, qué es lo mejor (o de lo mejor) que se me ocurre se puede decir de quien dirige. Actualmente, cuando tengo que poner ejemplos de qué tipo de lugar habría que hacer para (para casi cualquier cosa), entre mis muy muy favoritos, siempre está el Medialab-Prado. Lo que menos me gusta es que está en Madrid y yo estoy tratando de implementar una política personal de, en lo posible, no trabajar a más de 20 km de casa, así que tengo que conformarme con el streaming y con contemplar Medialab-Prado como un nodo y como un sitio al que seguir yendo la mayoría de las veces como espectador visitante extemporáneo.
Ahora llega la cuestión más complicada y resbaladiza que es la de la evolución, sobre todo cuando va ligada a un contexto futuro de desarrollo-crecimiento, lo que supone mayor visibilidad, centralidad, exigencia, rentabilidad… El crecimiento es una gran hipoteca difícil de gestionar con éxito para gente como nosotr*s, que funcionamos en lo pequeño, lo doméstico, que tenemos espíritu de rata, de cucaracha, que nos movemos con torpeza en lo generalista, que hemos apostado por lo micro y aspiramos a diminutas revoluciones, que en todo caso, si crecen, será de modo no premeditado y probablemente sin nosotr*s o con nosotr*s, pero diluid*s en esa hipotética multitud.
Me resisto al propio crecimiento de AMASTÉ (no se si el resto comparten del todo conmigo esta cuestión), no quiero, no debo, me da miedo, me doy miedo yo mismo. Así que, según eso de no desees para l*s demás lo que no quieras para ti,¿por qué debería parecerme interesante-necesario-pertinente el crecimiento de Medialab-Prado? No quiero un gran organismo, prefiero muchos pequeños, clones, mutaciones, derivados, distribuidos,… ¿Es mejor un medialab más grande o varios pequeños medialabs? ¿Hay suficiente masa crítica? ¿Se puede gestionar lo grande como lo pequeño? ¿Se abren posibilidades o se pierde libertad de movimiento? ¿Se puede huir de la institucionalización-burocratización de un organismo de por si institucional cuando crece y adquiere nuevas “responsabilidades”?
Los últimos años he vivido-sufrido de cerca el desmantelamiento de Arteleku, una institución que para míi no era más que una parte más de mí mismo, compartida con otras muchas y diversas personas. Un hito en el arte y la cultura contemporánea del que ya sólo queda el espejismo deforme de lo que fue (o al menos de lo que fue para mí). Arteleku probablemente entre otras cosas fue víctima de su propio éxito como modelo y de tratar de ampliarlo, de darle centralidad… Vete a saber, tal cual están las cosas, quién dice que no vaya a resurgir de sus propias cenizas… Si hay algo que aprender de la triste deriva de Arteleku ante la situación de crecer, es que de modo no dogmático pero sí firme, hay que luchar por mantener aquello que sabemos que es consustancial, no dejemos que el ecosistema se altere de repente (porque es un ecosistema muy frágil, no nos engañemos). Hay que poner especial atención en los puntos débiles (porque al crecer se convierten en críticos). Hay que dar aun mucho más protagonismo a la comunidad para que también crezca, se fortalezca, sea capaz de contagiar, de ampliar sus efectos desde lo que se es (más allá del delirio de lo que nos gustaría-necesitemos que sea). Hay que mantener a l*s polític*s en su sitio (de un modo didáctico pero firme). Hay que mantener la independencia editorial frente a la financiación y algunos de sus pre-requisitos. Hay que articular una infraestructura ligera, con lo cual debe mejorar cualitativa y cuantitativamente el modelo distribuido que ahora nos funciona en pequeño. Hay que ser mucho más inclusiv*s para mantener la calidad y calidez de la experiencia si de verdad queremos llegar y dar servicio a más gente, ampliando-diversificando además la tipología de públicos. Hay que preservar el espacio para el laboratorio sin pretender que sea cosas que no es… A la vez hay que arriesgarse, porque si no, tampoco merece la pena. Y si es para poder asumir mayores riesgos, entonces quizá crecer merezca la pena.
Este es mi acercamiento desordenado y desde el desconocimiento de qué es lo que realmente supone el cambio de edificio. Pero bueno, mejor así, muchas veces, cuanto menos se sabe sobre algo, mejor se puede opinar.
Sea como sea, este proceso de recoger y compartir impresiones ya es interesante y valioso para tod*s.
Seguimos encontrándonos por los caminos.
Medialab-Matadero Madrid