El laboratorio del procomún como dispositivo de innovación social

En el mundo de la cultura abierta, siempre inspirado por el movimiento del Software Libre, tuvo su oportunidad de hacerse visible el Laboratorio del procomún.

La semana pasada estuve en NOW un evento anual que organiza el CCCB invitado por el Banco Común del Conocimiento para presentar el Laboratorio del Procomún y, en especial, los protocolos que lo vertebran en su sede en Medialab-Prado. Su invitación a preparar un texto de discusión, coincidía con la necesidad sentida por los miembros del laboratorio de evolucionar hacia una organización interna menos mimética de lo ya conocido y mejor adaptada a los objetivos que inicialmente acordamos. Así se juntaban el hambre y las ganas de comer, pues mientras el BCC siempre andan buscando nuevos formatos, nosotros sentíamos la necesidad de evolucionar. En definitiva, todos queríamos arriesgar y hacer del Laboratorio del Procomún un nuevo dispositivo de innovación social. Así nació el documento laboratorio sin muros.

La presentación que hice se vertebró en torno a tres ejes: rigor, legitimidad y productividad. Para identificarlos habíamos tenido una sesión monográfica del laboratorio en donde se discutió el documento Laboratorio sin muros y se revisó la experiencia de las muchas sesiones de trabajo mantenidas a lo largo de 2007. Hubo muchas manifestaciones críticas sobre su funcionamiento que, de acuerdo con mis notas, pueden agruparse alrededor de tres áreas de consenso.

La mayoría de los miembros estuvo de acuerdo en que hubo cierto diletantismo originado en nuestra incapacidad para definir (o consensuar) con claridad una cierta definición o caracterización de la noción misma de procomún, un problema que fue atribuido a la complejidad y elusividad del concepto, como también a la dificultad para integrar en un sólo discurso o lenguaje compartido nuestras distintas procedencias profesionales y prácticas políticas, pues el laboratorio nació para integrar gentes procedentes del derecho, la economía, el ecologismo, el feminismo, el urbanismo, la antropología, el movimiento hacker y biohacker, la edición libre, los estudios de la ciencia, la práctica artística o los movimientos alternativos.

Hubo también un racimo de críticas que podrían agruparse en torno a la palabra arrogancia. No es difícil explicar los motivos de un juicio tan severo entre gentes que quieren practicar la transparencia y que con frecuencia cuestionan el exagerado poder que nuestra sociedad otorga a los expertos. Convocar a la gente para discutir sobre el procomún (los bienes que creíamos de todos y de nadie al mismo tiempo que debemos legar a las generaciones futuras) plantea el problema de identificar las comunidades que sostiene y son sostenidas por estos bienes compartidos. No hay procomún sin comunidad, y viceversa.

El asunto es que sólo apreciamos su naturaleza vertebradora de lo colectivo cuando comienza a estar amenazado o, peor aún, cuando ya está siendo destruido. Así, parece que el destino de los bienes comunes es su degradación o privatización, una tragedia (la tragedia de los comunes) que sólo puede ser evitada reduplicando la capacidad de gestión de la comunidad afectada por la amenaza sobre el bien que comparte. El problema entonces tiene que ver con la pregunta de si el Laboratorio puede hablar de los bienes comunes sin contar con los colectivos concernidos o, en otros términos, si podemos ser sus portavoces sin escuchar su palabra, sin negociar con ellos los límites conceptuales y políticos de un discurso sobre la forma en la que perciben las amenazas y la forma en la que se representan la soluciones.

El tercer elemento crítico puede resumirse en la palabra retórico. Convinimos en que no basta con discutir, traduciendo todos los conflictos a intercambios de palabras. No sólo queríamos combatir la tendencia hacia el diletantismo o el expertismo, sino también la deriva hacia lo dialógico. El laboratorio quiere ser un lugar donde se investigue y se produzcan objetos nuevos. No queremos ser un espacio de divulgación, ni un ámbito de discusión al modo en el que lo son los ateneos públicos, los comités políticos o los seminarios académicos. Ya hay demasiadas estructuras de esa naturaleza y, por el contrario, faltan iniciativas que exploren otras posibilidades. El Laboratorio del Procomún tratará de ser un dispositivo innovador que luche contra la cultura de salón, la cultura alienada y la cultura retórica.

Cultura del rigor. Para minimizar la tendencia al vaporware que muchas veces se percibe en las discusiones en los ámbitos de las humanidades acordamos la creación de WIKomun, una wiki que nos permitirá aquilatar colectivamente el significado de los conceptos que necesitemos elaborar, admitiendo la contribución de quienes se registren en la web correspondiente y quieran participar en el ámbito digital en las discusiones del Laboratorio. Adoptamos una metodología de trabajo que está descrita en el documento Laboratorio sin muros.

Cultura del compromiso. Para eliminar la sospecha de que trabajamos al margen de la realidad, inmersos en una burbuja de correligionarios o compinches, nuestras próximas reuniones sobre el procomún identificarán un colectivo de concernidos/afectados/interesados a los que daremos la palabra y con los que someteremos a debate nuestras derivas teóricas. Trabajar con los concernidos implica entonces una voluntad de compromiso social y un deseo de contrastar nuestras convicciones iniciales.

Cultura de la producción. Para hacer un lápiz o un mapa hay que discutir mucho sobre materiales, diseño o viabilidad, pero la final hay un producto que ha demandado la coparticipación de muchos actores diferentes. El Laboratorio quiere ser un espacio de producción de objetos que puedan circular y captar la atención de posibles colaboradores. Para lograrlo se hará una convocatorio abierta de propuestas de trabajo que serán financiadas por el Laboratorio y a las que podrán contribuir quienes quieran agregarse. Los proyectos que sean aprobados definirán objetivos y plazos concretos para ser realizados en MediaLab-Prado, un taller experimental que cuenta con mucha experiencia en este tipo de prácticas y con los instrumentos para llevarlas a cabo. Quienes se apunten a uno de estos proyectos pasarán a ser co-laborantes del Laboratorio del procomún.

Dos líneas más, antes de concluir. Los tres movimientos que queremos emprender en la nueva etapa del Laboratorio constituyen otras tantas aperturas: la primera hacia todos los interesados en una reflexión sobre los bienes comunes; la segunda busca el encuentro con quienes padecen (y han reaccionado!) abusos sobre su patrimonio común y, la tercera, disolver en lo posible la escisión entre hablar y hacer, entre abstraer y concretar, entre producir consensos y producir cosas.

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